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¿Congregados en cuál nombre?
por Cristián Chirinos

La mayoría de las congregaciones se distinguen con algunos nombres, como Presbiteriana, Bautista, Pentecostal, etc. Damos gracias al Señor, porque a pesar de tantas denominaciones, esencialmente la Iglesia es una en Cristo. Sin embargo, uno de los propósitos de este escrito es para que tengamos conciencia de lo que significa “congregarnos en el nombre del Señor”, y el por qué no debemos usar ningún nombre denominacional. Al hablar así, no pretendemos decir que somos mejores o más cristianos que otros; pero a la vez, dejamos bien claro que deseamos tener buena conciencia delante de Dios.

1. Nos congregamos en el nombre del Señor, BAJO LAS SOMBRAS DEL ANTIGUO TESTAMENTO. Dios dijo a Moisés: “El lugar que Jehová vuestro Dios escogiere de entre todas vuestras tribus, para poner allí su nombre para su habitación, ése buscaréis, y allá iréis... Cuídate de no ofrecer tus holocaustos en cualquier lugar que vieres, sino que en el lugar que Jehová escogiere... allí ofrecerás tus holocaustos, y allí harás todo lo que yo te mando” (Dt. 12:5, 13-14).

Sabemos que ese lugar fue primeramente Silo, donde estuvo el Tabernáculo, pero después fue Jerusalén, donde fue construido el Templo (1 Reyes 9:3). Dios puso allí su nombre; no hemos de entender por esto que había allí un letrerito con el nombre de Jehová, sino que allí estaba su presencia, y aquel lugar quedaba identificado con su nombre, con su persona y con todo lo que él es. Vemos pues, que desde el principio Dios establece un lugar donde su pueblo se ha de congregar y donde él promete estar presente. El pueblo no podía ofrecer sacrificios en otro lugar. En todo esto vemos un principio que Dios estaba estableciendo en relación con su Iglesia en el futuro.

Cualquiera podría objetar que estas eran cosas relacionadas con la Dispensación de la Ley y que nada tendría que ver con la Iglesia en esta dispensación de la Gracia. Sin embargo, no debemos olvidar que en Hebreos 10:1 se nos dice que la Ley tenía “la sombra de los bienes venideros”. Así que estas cosas relacionadas con “el lugar” donde Dios había de poner su “nombre” eran sombras de lo que Cristo clarificó en Mateo 18:20, como veremos.

2. Nos congregamos en el nombre del Señor, BAJO EL MANDATO DE JESUCRISTO.

En Mateo 18:15-20, el Señor da instrucciones en cuanto a un caso de disciplina en una iglesia local. Si no había un arreglo satisfactorio, el Señor concluye: “dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano... porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Estas indicaciones están relacionadas con el funcionamiento de una iglesia local, y el Señor establece que ésta ha de congregarse en su nombre, y BAJO ESTAS CONDICIONES, él promete su presencia. Actuar en nombre de una persona es actuar bajo su autoridad e identificación. Un ejemplo muy concreto es el siguiente. Un embajador actúa en nombre de su país en el lugar donde él esté designado. Actúa con la autoridad que le ha sido conferida, pero a la vez él tiene que estar identificado plenamente con las leyes de su país y actuar conforme a ellas. Si actúa de otra manera, ya no está actuando en nombre de su país sino en el suyo propio, y el resultado es que será destituido. De igual manera, “congregarnos en el nombre del Señor Jesucristo”, como iglesia, significa estar plenamente identificados con su persona, con su doctrina, con todo lo que él es, y actuar de esa manera. Si un grupo de creyentes dice que “están congregados en el nombre del Señor”, y a la vez están desobedeciendo su palabra, ya no están actuando en nombre de él, sino en nombre de ellos. Esto trae como consecuencia, la desaprobación del Señor e inevitablemente traerá malos resultados en la misma iglesia, y mucho más en el Tribunal de Cristo, donde se aclarará si lo que hemos edificado es “oro, plata, piedras preciosas o madera, heno y hojarasca” (1ª Cor. 3:12).

3. Nos congregamos en el nombre del Señor, SEGUN EL MODELO DEL NUEVO TESTAMENTO.

Es triste ver la llamada cristiandad dividida en diferentes credos y congregándose bajo diferentes nombres. Esta inclinación tuvo su principio en la iglesia en Corinto donde cada uno decía: “Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo”. El apóstol les recrimina diciendo: “¿Acaso está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿O fuisteis bautizados en nombre de Pablo?” (1ª Cor. 1:12). Pero esto no era un cisma; fue un mal interno que fue oportunamente sanado. En las diferentes epístolas dirigidas a las iglesias del Nuevo Testamento, no encontramos distintivos denominacionales; lo único que se menciona es la localidad donde estaban congregados, por ejemplo: “a la iglesia de Dios que está en Corinto... a las iglesias de Galacia... a los santos y fieles en Cristo Jesús que están en Efeso...” etc.

De hecho, las iglesias apostólicas se congregaban sencillamente como iglesias de Dios, bajo un solo nombre distintivo: el nombre de Cristo. Aunque había diferencias, la iglesia era una sola y el credo uno solo. Esta era la iglesia primitiva, que permanece intacta en el Nuevo Testamento. Allí tenemos su modelo. Si queremos seguirlo, sólo tenemos que actuar como ella actuó. No decimos esto como crítica destructiva ni egoísta. Reconocemos a nuestros verdaderos hermanos dondequiera que ellos se reúnan, pero a la vez, no podemos menos que lamentar el estado de confusión reinante, a causa de haber perdido el modelo divino, poniendo a un lado la palabra de Dios.

4. Nos congregamos en el nombre del Señor, ANTE LA PROMESA DE SU PRESENCIA.

El Señor dijo: “allí estoy yo en medio de ellos”. Como omnipresente, el Señor está en todo lugar; su presencia no puede ser limitada. Pero el énfasis está en el lugar que él ocupa, es el lugar de “EN MEDIO”: es el lugar principal como cabeza y Señor. Si una iglesia se congrega en el nombre del Señor de veras, le está dando a él el primer lugar, está reconociendo su señorío, se somete a su palabra y le obedece; no le está dando el último lugar. Ejemplo tenemos en la iglesia de Laodicea. La presencia del Señor estaba allí, pero no ocupando el lugar principal, de “en medio”, sino el último lugar, el lugar de afuera; pues él dice: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo”. Habían desconocido su señorío, por tanto, él dice: “te vomitaré de mi boca” (Ap. 3:16-20).

Este será el resultado de toda iglesia que desconoce la autoridad del Señor. Este será, lamentablemente, el estado final de la iglesia profesante. El Señor sólo promete su presencia en el lugar donde él es honrado, en obediencia y santidad; de lo contrario, su presencia será para juzgar y desaprobar lo que se hace, como es el caso de las siete iglesias apocalípticas, a excepción de Esmirna y Filadelfia.

5. Finalmente, nos congregamos en el nombre del Señor, ANTE EL ESTADO DE CONFUSION Y DETERIORO REINANTES.

Con el correr de los siglos, las iglesias se han ido despojando de las doctrinas apostólicas y estableciendo doctrinas de hombres. Gracias a Dios que doctrinas fundamentales como la Trinidad, la Deidad de Cristo, la Salvación por gracia, el Nuevo Nacimiento, etc., permanecen intactas en muchas iglesias netamente evangélicas de varias denominaciones. Pero no ha sido así con otras doctrinas de carácter congregacional. El Sacerdocio de todos los creyentes, hombres y mujeres, claramente enseñado en 1ª Pe. 2:5,9 ha sido puesto a un lado y sustituido por un sistema de clérigos y laicos, donde uno solo es el que oficia y los demás son meros oyentes (dándole, a veces, el privilegio de participar, solamente a aquel a quien el llamado “pastor” designe, negando de paso la guía del Espíritu Santo). La ordenanza de la Cena del Señor ha sido menospreciada y cambiada de su forma original por formas caprichosas de los hombres. Otra ordenanza, la del bautismo, ha sufrido modificaciones que violan su significado y originalidad. La clara distinción entre hombre y mujer que prevalece en el culto público, por ordenación divina, ha sido claramente negada, al permitir que mujeres hablen y enseñen en la congregación, y que estén con la cabeza descubierta, contraviniendo lo que está escrito en este sentido (1ª Cor. 11:2-16, 14:34; 1ª Tim. 2:11-12). Aún hay agrupaciones que han ido muy lejos, de tal manera que uno duda si lo que en ellas se hace es de Dios o no.

¿Hacia dónde vamos? Vamos hacia Babilonia, confusión. Vamos hacia la apostasía. Vamos hacia la Gran Ramera Apocalíptica. ¿Qué hacer entonces? Lo único que podemos hacer es volver a Dios y hacía las enseñanzas de Su Palabra, atendiendo al consejo apostólico: “solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz”. ¿Cuál unidad del Espíritu? La que se describe a continuación: “un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos y en todos” (Ef. 4:3-6). Notemos que no dice: “solícitos en guardar la unidad de la cristiandad”, sino la “unidad del Espíritu, la unidad que está hecha y que ha sido revelada por el Espíritu en el Nuevo Testamento. Debemos guardarla no adulterándola ni modificándola, sino preservándola, tal como Pablo dijo a Timoteo: “Retén la forma de las sanas palabras que de mí oíste... Guarda el buen depósito por el Espíritu Santo que mora en nosotros” (2ª Tim. 1:13-14).