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La Doctrina del Bautismo
por Sidney James (Santiago) Saword

Nuestro Señor Jesucristo instituyó esta parte fundamental de la fe cristiana cuando entregó a sus apóstoles, en el monte de Galilea, la comisión divina: “Id y haced discípulos a todas las naciones”. Les mandó bautizar a estos discípulos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. En el día de Pentecostés, hubo 3.000 personas que creyeron, y leemos en el mismo contexto, de las siete cosas que forman la estructura de la asamblea local. El orden es de suma importancia, y el bautismo viene después de la conversión. El bautizar a una persona no convertida es como enterrar a alguno que todavía no ha muerto.

La palabra “bautizar” significa la completa inmersión del aspirante y es el simulacro de un entierro. Primeramente hemos muerto al pecado, luego hemos sido sepultados en cuanto al mundo, y después resucitados: “Porque si fuimos plantados juntamente con El en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección”. El apóstol Pablo anhelaba conocer “el poder de su resurrección”. (Fil 3:10). Así que, en figura, el creyente no solamente ha sido identificado con Cristo en su muerte, sino también con el poder de su resurrección para andar en vida nueva.

Cuando el Local Evangélico en San Felipe estaba en construcción, el hermano del Gobernador del Estado Yaracuy estaba construyendo un edificio en la esquina diagonal. Un día, un fiscal del gobierno lo visitó, y al ver el local en construcción, manifestó el deseo de ver la parte interior. Un hermano le acompañó e iba indicándole ciertas cosas de interés. Finalmente le llevó atrás al bautisterio, y al ver el tanque, él manifestó gran sorpresa. “¿Para qué es ese tanque?” preguntó. El hermano le explicó que era para que los convertidos pudieran obedecer al mandato del Señor, y en figura identificarse con él en su muerte y resurrección. El fiscal le dio las gracias por esta información, y se fue. El día siguiente, el fiscal se encontraba otra vez con el hermano del Gobernador en la construcción, y al ver a un creyente quien venía por la Avenida, le reconoció y dijo a su amigo: “Aquí viene uno de los resucitados”. ¡Buen testimonio! algo semejante sucedió en el Concilio judaico; por el modo de vivir de los apóstoles, aun sus propios enemigos “les reconocían que habían estado con Jesús” (Hechos 4:13). Esto es lo que el mundo debe ver en nosotros los bautizados. Aprendemos en 1ª Pedro 2:9 que “somos real sacerdocio, para que anunciéis las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a la luz admirable”.

El bautismo del creyente es su confesión pública de haber muerto al pecado y de haber sido sepultado en cuanto al mundo; o sea, separado de todo aspecto de este siglo malo, con sus placeres, sociedad, religión, política y ambiciones. Es un acto solemne, y debemos evitar cualquier cosa que no sea de acuerdo a la santidad. El que bautiza debe hacerlo con toda seriedad. También hay que bajar al creyente de tal modo que la cabeza se meta completamente debajo del agua, para cumplir con la ilustración de la sepultura. Ha habido casos cuando los aficionados a la fotografía han sido activos durante el acto del bautismo, pero, en lugar de producir convicción en las conciencias de los muchos inconversos presentes, la distracción causada ha dañado la seriedad del culto.

Por cuanto el bautismo precede a la recepción del aspirante a la comunión de la asamblea, los ancianos deben asegurarse de que la persona haya sido instruida en lo que significa congregarse en el nombre del Señor; debe haber aprendido la diferencia entre una asamblea bíblica y una secta, de otra manera la persona puede ser inestable doctrinalmente, y en cualquier momento será capaz de dar las espaldas a la asamblea para irse a un lugar que le guste más.

El hecho de que las palabras en Hechos 8:16, 10:48 y 19:5 varían de las de Mateo 28:19, no debe causar dificultad. Pues, ser bautizados en el Nombre del Señor Jesús, enfatiza su autoridad. Pedro mandó a bautizar a Cornelio y a los de su casa que habían creído, “en el nombre del Señor Jesús”. Pero en Mateo 28:19, nuestro Señor mandó a sus discípulos a bautizar a los que creían “en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”. No hay contradicción. Esta es la fórmula que se debe usar, la cual expresa nuestra identificación con la Deidad. Es importante notar que no dice “en los nombres”, sino “en el nombre”, porque se refiere al Dios trino. La pequeña partícula, “en”, significa que el aspirante está identificado o incorporado en la más íntima comunión con el Dios trino, y disfruta de bendiciones y privilegios que es imposible expresar en palabras humanas (2ª Cor. 12:4).

Como en casi todas las grandes doctrinas de la fe, los hombres han corrompido la sencillez de este sublime mandato de nuestro Señor Jesucristo, por medio de la introducción de falsas prácticas. Algunas sectas creen que el bautismo es indispensable para la salvación, y que por medio de él se recibe la vida eterna, pero esto es falso. Otros creen en el “bautismo infantil”, es decir, que el niñito, al ser bautizado, ya se hace hijo de Dios y heredero del reino. Esto también es falso, porque el bautismo es para los que se arrepienten y creen. El bautismo sin la experiencia de la conversión, no tiene ningún mérito, porque no es símbolo de la muerte, la sepultura y la resurrección.