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EL OFRENDAR Y EL SOSTÉN DE LA OBRA
por Hildebrando Gil

LO QUE ESTABLECIO LA LEY

Durante el régimen legal, existían dos maneras de traer cosas de valor material a la presencia de Dios, siempre con el fin de que en todo lo relacionado al culto, no faltara nada, ya fuera para ofrecerlo directamente al Señor o para el sostén personal de los llamados a esto.

Había las ofrendas obligatorias, y las ofrendas voluntarias. Las primeras eran de carácter impositivo, que encerraba tanto a los primogénitos de los hombres como de los animales, así como las primicias de todos los frutos de la tierra, incluyendo también el diezmo de todo tipo de ingreso.

(A) COSAS OBLIGATORIAS

1. LOS PRIMOGENITOS

En referencia a éstos, en Ex. 13:1-2, Dios establece “MIO ES” en cuanto al primogénito humano. Este debía ser redimido por un cordero, el que a su vez era sacrificado. El argumento divino sobre este mandamiento estaba basado en lo que había sucedido en Egipto la noche que Dios pasó, “NOCHE PASCUAL”, cuando comieron el cordero asado al fuego, cuya sangre había dado protección al primogénito de la familia israelita, y cuando todo Egipto lloraba la muerte de los suyos. Esta historia debía ser contada a los descendientes. ¿Con qué fin? La nación toda debía conservar permanentemente el recuerdo de una deuda que no podía ser retribuida a Dios jamás. ¿Cuál? La de la salvación por sangre la noche de la redención por poder.

En cuanto al primogénito del asno, éste tenía que ser redimido por un cordero, o de lo contrario tenían que quebrarle la cerviz (Ex. 13:13). Esta obligación regía para todo tipo de bestia, porque de Jehová “era” todo macho primogénito (Ex. 13:15), de manera tal que, cuando un hebreo traía el primogénito, no estaba regalando a Dios nada. Solamente estaba entregando lo que de antemano Dios había apartado para sí, lo que era de Jehová.

2. LAS PRIMICIAS

En cuanto al fruto de sus labranzas, Dios estableció que las primicias eran de Él y ninguno podía permitirse la libertad de tardarse en la entrega (Ex. 22:29). Nos podemos preguntar, ¿Por qué tanta premura? No nos será difícil encontrar la respuesta. Reverentemente pensamos, puesto que Dios no es de naturaleza humana, al mostrar tan especial interés por cosas materiales como éstas, es evidente que la razón de todo era el cuidado particular de Él a favor de la familia levítica que había sido escogida para el servicio en el Tabernáculo.

Al mismo tiempo, el Señor de la mies propiciaba la oportunidad de que cada hebreo le rindiera culto de acción de gracias por los frutos de la tierra. La lluvia, la fertilidad, el crecimiento, todo venía de Dios, como dádiva de amor. El campesino israelita debía reconocer todo esto: la consideración se traducía en adoración y alabanza a Jehová.

Debemos destacar que los últimos tiempos de Israel fueron de dura esclavitud. De no haber sido por la intervención del Todopoderoso, no solamente les hubiera sido imposible quitarse aquel yugo, sino que ningún derecho les hubiera asistido sobre ningún bien de naturaleza material. En otras palabras, no habrían pasado de ser nación esclava y arruinada. Pero por la intervención divina, las cosas fueron diferentes, de modo tal que Dios no estaba despojando a nadie de lo que no le correspondiera, sino de lo que legítimamente le correspondía a Él.

3. LOS DIEZMOS

Además de librarlos de Egipto, Dios les dio gratuitamente en herencia, una tierra que fluía leche y miel. Sus cosechas eran abundantes cuando en obediencia, ellos seguían los caminos de Dios. De estas riquezas, Dios había dado a la nación el 90% y retenido para sí el 10%, con el fin de traspasarlo a los servidores del santuario para su diario sostén. Cabe aquí la posibilidad de que la mente distorsionada y el corazón egoísta pudiera decir, ¿Por qué hemos de trabajar para mantenerlos a ellos? ¿No pueden oficiar en el Tabernáculo alternando este servicio con las labranzas del campo? Dios, en una previsión de esto, privó a los servidores del santuario de toda herencia material, de modo que no disponían de tierras para labrar. Debían depender en todo de estas provisiones.

El dijo al levita: “Yo soy tu parte y tu heredad”. Él le sostendría con su propio y legitimo diezmo. Todo maligno pensamiento sobre este procedimiento de Dios quedaba eliminado (Núm. 18:20-21). Sin embargo, es evidente por lo que leemos en Malaquías 3:8-11, que la nación israelita despojó a Dios de su pertenencia, de lo que era de Él, de su diezmo, robándole con descaro, pero su pecado es denunciado por Él mismo. He aquí los cargos: “Vosotros me habéis robado”; a lo que responden: “¿En qué te hemos robado? En vuestros diezmos y ofrendas”. Y seguidamente es pronunciada la sentencia: “Malditos sois con maldición, porque vosotros la nación toda, me habéis robado”. ¿Robará el hombre a Dios? ¿Podrá quedar impune? Sobre este particular, llamo la atención al lector, como algo impregnado de solemnidades. Esta denuncia con su respectiva sentencia ha llegado al conocimiento del universo entero, es decir, lo sabe el mundo invisible y el visible. ¡Oh, si pudiéramos prever las consecuencias de nuestros hechos!

(B) LAS OFRENDAS VOLUNTARIAS

En cuanto a las ofrendas, éstas, a diferencia de los diezmos, llevaban el distintivo VOLUNTARIAS. Podía considerarse como un honor o privilegio poder tener aceptación delante de Dios como ofrendante, puesto que Él no habría aceptado, por ninguna razón, ni bajo ninguna circunstancia, a ningún pagano, ya que su trato era exclusivamente con su pueblo. Así, pues, cualquier persona que en su corazón sentía el deseo de traer extradiezmo, estaba en plena capacidad de hacerlo. No puede discutirse que en todos los tiempos ha habido los seres humanos con una particular tendencia a la liberalidad espontánea, impulsados solamente por un entrañable afecto a Dios. Asaf dijo: “¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? y fuera de ti nada deseo en la tierra?” (Salmo 73:25).

Por este mismo sentir fue que, cuando Dios solicitó las ofrendas voluntarias que fuesen el producto de la generosidad del corazón para la construcción del Tabernáculo, el pueblo respondió como suele responder el pueblo de Dios, trayendo oro, plata, cobre, azul, púrpura, carmesí, lino fino, pelo de cabra, pieles de carneros teñidas de rojo, pieles de tejones, madera de acacia, aceite para el alumbrado, especias para el aceite de la unción y para el incienso aromático, piedras ónice y piedras de engaste para el efod y para el pectoral. Siendo tanto el acopio de materiales, sobrepasó a las necesidades (Ex. 25:1-7, 36:2-7). De modo que el campo de las ofrendas de la antigüedad, solamente las reglamentaban el corazón y la voluntad del individuo.

Después que el Tabernáculo fue construido y que Dios estableció sus reglas, él aceptaba ofrendas, ya fuera buey, oveja, cabrito, palomino, flor de harina, aceite, incienso, sobre esta misma base: de corazón y buena voluntad (Lev. 1 al 3). Esto lo ha debido observar Israel hasta estar presente el Señor Jesús que es la expresión absolutamente pura del corazón y buena voluntad de Dios. Por esa razón, cantaron los ángeles el día de su nacimiento: “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres”.

Pero de nuevo indicamos que Israel se había desviado, cayendo en un frío formalismo legal (apariencia de piedad). El Señor condenó la religiosidad externa. Ellos tenían la letra de la ley; el Señor dio ejemplo de cumplir con el espíritu de la ley. El dijo: “no penséis que he venido para abrogar la Ley o los Profetas... sino para cumplir” (Mateo 5:17). Siendo pues Él, el promulgador de la Ley y el inspirador de los profetas, no era extraña la reprensión dada a los líderes religiosos: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello (respecto a los diezmos) (Mat. 23:23).

Queda comprobado igualmente que el Señor vio con beneplácito al que ofrendaba de todo corazón y buena voluntad; porque estando sentado delante del arca de las ofrendas, vio venir una viuda pobre a depositar su ofrenda. Después que lo hizo, él llamó a sus discípulos y les dijo: “De cierto os digo que esta viuda pobre echó más que todos los que han echado en el arca; porque todos han echado lo que les sobra: pero ésta de su pobreza, echó todo lo que tenía, todo su sustento” (Mar. 12:41-44).

Es pues. imposible que el Señor pase por alto la generosidad y el amor, mostrados por los piadosos que comunican en sentido práctico con su obra, sin que cuente para nada el volumen o cantidad, sino que lleve impreso el ribete, “de corazón y buena voluntad”. También es de notar que no eran muchos los que traían en sus ofrendas este distintivo. El Señor vio solamente una viuda; de los demás dice que pusieron las sobras. Esto nos revela la conducta del humano corazón bajo el régimen legal; no solamente robó a Dios sus diezmos, sino que menos preció el privilegio de ofrendar en sentido legítimo.

CRISTO OFRENDA POR EXCELENCIA

Primeramente El se ofreció a sí mismo por nuestros pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios; ofrendándonos (a los creyentes) con perfecta espontaneidad, su amor, 2ª Cor. 5:14; su vida resucitada, 2ª Cor. 4:10; su mente, 1ª Cor. 2:16; su espíritu, Ef. 1:13; su ejemplo, Jn 13:15; sus riquezas, 2ª Cor. 8:9, etc. El Señor es el ejemplo supremo, el perfecto dechado. Es Cristo quien marca la pauta a seguir en esta era apostólica. No nos rigen mandamientos de rigor, sino mandatos de amor en esta época de la Iglesia.

LA EPOCA DE LA GRACIA

A los creyentes, nuestro Libertador y Salvador no nos impone diezmos, ni ninguna otra carga de índole material que lleve carácter obligatorio. Pero, nos dejó abierto y expedito el camino del amor, de la justicia, de la misericordia y de la fe, cosas en las cuales fallaron los israelitas en su estado natural. Él, sí, trilló este camino para que nosotros, sus nuevas criaturas, andemos por Él. Contamos además, con una exhortación de sus propios labios: “Ejemplo os he dado, para que como yo he hecho, vosotros también hagáis” (Jn 13:15); de modo que no debemos permitir que nadie ni nada nos prive del honor y privilegio de traer al alfolí del Señor nuestras ofrendas voluntarias, impulsados solamente por un corazón agradecido hacia aquel que nos amó primero, de quien es todo lo que somos y tenemos; y, más aún de quien es todo lo que hemos de ser en la eternidad.

Con esto por delante, notemos este mandamiento: “En cuanto a la ofrenda para los santos, haced vosotros también de la manera que ordené en las iglesias de Galacia. Cada primer día de la semana, cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado” (1ª Cor. 16:1-2). Este término, “según haya prosperado”, es ilimitado. Aquí puede ocurrir lo que hace años oí en referencia a un hermano muy poderoso económicamente, el cual colocó en sus fábricas de tractores un letrero que decía: “No que de mi dinero dé a Dios, sino que del dinero de Dios retengo un poquito para mi”. Pues, bien, traemos nuestras ofrendas al cepillo, cada uno de nosotros, y allí quedan. Y, queda también con el Señor la capacidad de ver y juzgar si son de corazón y buena voluntad o no.

Ese dinero, según la palabra de Dios se trae con el fin de ser despachado a los destinatarios. ¿Quiénes son? A la luz del Nuevo Testamento, tenemos:

1. Los santos pobres (2ª Cor. 8 y 9). Sobre este particular, el Señor dijo: “siempre tendréis a los pobres entre vosotros y cuando queráis, les podréis hacer bien” (Mr. 14:7). Pablo dijo que, cuando fue a Jerusalén, Jacobo, Pedro y Juan “solamente nos pidieron que nos acordásemos de los pobres, lo cual también procuré con diligencia hacer” (Gál. 2:10). Creemos que él mismo exhortó a los escogidos, al pasar por las iglesias de Macedonia, Galacia y Acaya para llevar las preciosas ofrendas a los santos pobres de Jerusalén (1ª Cor. 16:1-4).

2. Los obreros en los trabajos del evangelio. El apóstol Pablo esgrime un poderoso argumento contra sus mezquinos detractores que quisieron privar a los corintios del privilegio de cuidar, en sentido práctico, al que era su padre espiritual, quien les había ganado para Cristo, para luego formar la asamblea. El escribió en 1ª Cor. 9:14: “Así también ordenó el Señor a los que anuncian el evangelio, que vivan del evangelio”.

Está claro que las asambleas congregadas en el nombre del Señor (en Venezuela o en cualquier lugar del mundo), sujetándose a la Palabra de Dios, no reciben dinero del gobierno ni de personas no convertidas, ni siquiera de creyentes que no son miembros. Tienen como única fuente de ingresos los recursos económicos del pueblo del Señor en comunión dentro de las asambleas. De este dinero, deben vivir los que se han dedicado a tiempo completo a la obra del evangelio. También de estas ofrendas dependen las obras de evangelización, como la impresión de tratados (las imprentas evangélicas, etc.).

3. Otros destinos:
Las iglesias, al principio, no estaban rodeadas de las mismas circunstancias que las de hoy, especialmente en lo relativo a lugares de reunión, En la Palabra de Dios, leemos que lo hacían generalmente en casas particulares. Hoy se hacen necesarios edificios propios y es muy lógico suponer que sea el pueblo del Señor con sus ofrendas, el que tenga que financiarlos, y después de construidos, mantenerlos. Este es un destino legítimo e indispensable, como los gastos normales de la asamblea.

¿Están enviando los ancianos de las asambleas, a estos destinatarios los recursos adecuados para cubrir sus necesidades?

¡Sea el Señor nuestro juez! Israel ha sufrido la disciplina de Dios y el reproche ante el mundo entero por haber errado en sus deberes. La iglesia con mayores privilegios, tiene mayores responsabilidades y debemos cuidar de cumplir cabalmente de todo corazón y buena voluntad, lo que el Señor ha pedido de nosotros. “He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra” (Ap. 22:12).